POR QUÉ LA MÚSICA UNE. EL DÍA QUE INGLATERRA Y ALEMANIA SALIERON DE SUS TRINCHERAS

En un mundo como el que vivimos, cada vez más individualista y con episodios de odio y violencia, uno se para a pensar y se da cuenta de que estamos poco unidos. Seguramente nuestra vida, con sus particularidades, tenga muchos puntos en común y similitudes que la del vecino. Y sin embargo, a veces nos sentimos tremendamente solos.



Hoy vengo a contar una historia de esas que parecen sacadas de un guión de Hollywood (y de hecho, ha sido incluida en más de una película); pero fue tan mágica como real.

Corría la Nochebuena de 1914. Los soldados británicos y alemanes llevaban tiempo luchando, cansados y con necesidad de volver al calor de sus hogares, lejos de los horrores de la guerra. Ambos bandos estaban ultimando en sus trincheras la celebración para esa noche, colocando adornos y preparando algo de cenar. Los soldados ingleses comenzaron a entonar villancicos, seguramente rememorando esas celebraciones familiares al calor del fuego que lejos quedaban ya.


Desde el otro lado, los soldados alemanes escucharon los cánticos, y espontáneamente, les secundaron cantando, hasta que todos, desde el soldado raso hasta el máximo general de ambos bandos, acabaron entonando al unísono las canciones navideñas.

Este singular hecho fue la mecha que encendió la llamada Tregua de Navidad. Alemanes y británicos salieron de sus trincheras y pactaron no disparar. Lejos de hacerlo, comenzaron a entablar conversación, intercambiar regalos, e incluso organizaron partidos de fútbol, celebrando la Nochebuena juntos.


Esta tregua se prolongó hasta el día de Navidad, y en algunos sectores incluso hasta el año nuevo. La música, nuestro lenguaje universal, canalizó sus emociones, su necesidad de calor, de hogar, de paz, y venció al odio, al terror y al miedo. La música les unió, fue una herramienta mucho más fuerte que cualquier forma de violencia. Fue la chispa que necesitaron para sacar todo lo que compartían en común, sin ni siquiera haberlo sospechado jamás.


El gran poder de la música reside en que llega a lo más profundo, habla de nosotros. Nos sentimos partícipes de ella, nos mueve y nos remueve. Emociona, excita, tranquiliza, hace pensar…


La música siempre va asociada a las emociones, por lo que se convierte en un punto potencial de encuentro con el otro. Incluso con personas que ni siquiera conocemos; vibramos con miles de desconocidos entonando a pleno pulmón un estribillo en un gran estadio; nos ilusionamos y no podemos parar de hablar con esa persona que acabamos de descubrir que también es superfan del grupo underground al que creíamos que éramos los únicos marcianos que escuchaban; lloramos en una butaca de un cine anónimamente mientras el de atrás también se enjuga las lágrimas al comenzar esa melodía tan triste... Nos sentimos parte de un todo, nos sentimos conectados, nuestros pelos se ponen de punta. Hacemos lo mismo con otras personas, formamos equipo, buscamos un bien conjunto y común. Todos imprescindibles. La música nos hace conocernos, entendernos, desinhibirnos.


La tenemos en nuestras manos, en nuestra garganta, en nuestro cuerpo. Algo que nace desde las emociones, nos hace fuertes, grandes, y nos une; quién iba a decir a los combatientes de la Primera Guerra Mundial que un villancico les iba a permitir disfrutar de una Noche de Paz, literalmente.